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Diálogo.

Anabela Carcagno.
Taller de expresión I- comisión 56.
Santiago Castellano.
Actividad: Escribir un diálogo de dos o más personajes sobre algo que no se nombra, sumarle la descripción del personaje del libro y escribir un cuento que los incluya.
Trabajo individual, original.
Título: 140 o más.

Era un miércoles común y corriente, las calles de San Justo vacías, ¿Y como no? Si eran las 14:00 hs, los chicos en la escuela o en el jardín, los jóvenes estudiando, o tal vez trabajando. ¿Qué hay de interesante un miércoles, al mediodía, en La Matanza?

Juan pensaba mucho en él, vivía con algunos miedos presentes pero siempre disfrutaba la vida con los pocos pesos que cobraba de jubilación.

25.500 miserables pesos para un pobre Don como lo era Juan no alcanzaban para disfrutar la vida como él quería.

Unos vinitos con soda en la esquina de siempre, los infaltables remedios y carísimos medicamentos que le agregaron los doctores cuando le agarró el infarto al corazón y algún que otro regalo (chiquito pero al fin y al cabo lo era) para sus nietos, lo dejaban siempre con unos pocos pesos en la mano, pero Juan era feliz.

Rodeado de sus 11 nietos, Juan disfrutaba a más no poder ir a visitarlos, aunque con poca movilidad y con ayuda de un bastón, prefería que vayan ellos a su casa.

Toda su vida vivió en La Matanza, no estaba muy orgulloso de cómo se difamaba día a día su tan querido barrio, lleno de robos, muertes y amenazas a viejitos, Juan rezaba porque no le toque a él, ese era uno de sus mayores miedos.

Otro de sus miedos, era ser el último de sus amigos en morir. A Juan le parecía inútil tener que presenciar tanto dolor en vida, y si hablamos de aguantar dolor, había sufrido la muerte de sus dos mayores compañías, su mujer, Amanda y su mejor amigo, Don Antonio. Sin embargo, mantenía algún que otro contacto con sus amigos del barrio y del club donde hacía yoga, Juan amaba hacer yoga. 

Todo esto revolvía su cabeza una y otra vez, todos los días de su vida. Era parte de su rutina. Juan se levantaba a eso de las 07:00 am, siempre le gustó disfrutar de la mañana, y aunque en invierno le costaba un poco más, no dudaba mucho en seguir. Se calzaba sus pantuflas y en ayunas tomaba sus remedios, 7 remedios, sí, 7. Que el colesterol por acá, que el infarto por allá, que las vitaminas, Juan estaba harto de que sea siempre lo mismo. Se incomodaba un poquito por el dolor de panza pero iba directo a la cocina a prepararse un café con vainillas.

No llegaba a sentarse y prender la tele, que comenzaba a escuchar los mismos pasitos, como todas las mañanas. Juan tenía un caniche blanco llamado Paco, se lo regalaron sus nietos para el aniversario de 60 años de casados con Amanda, y con todo lo que implicaba, lo quería muchísimo. 

Paco se levantaba todas las mañanas, esperando los mimos en la panza de su dueño y obviamente, para robar algún que otro pedacito de vainillas que Juan siempre le daba.

Lo habitual, era ir a pasear después de desayunar, y ese día no fue la excepción.


Juan en pantuflas y bata y Paco con su abrigo y un poco despeinado, emprendieron la vuelta manzana matutina. Siempre el mismo recorrido, y nada nuevo pasaba. Hasta que en la esquina de Avenida Illia y Entre Ríos, Juan notó una cara conocida. Un viejito pelado y medio amargado, con una chalina roja a cuadros y las manos agarradas en la espalda, Juan no tardó ni dos segundos en reconocer a su gran amigo del barrio:


¡Horacio! -Gritó con una gran sonrisa en la cara.

¡Juan! ¡Todavía estás vivo!- respondió sorprendido Horacio.


Juan se quedó hipnotizado, dicotómico, sin saber si disfrutaba haberse cruzado a Horacio o si más le jodió el hecho de que se sorprendiera de que siguiera vivo.

En otras circunstancias, lo hubiera invitado a tomar un café o hubieran charlado un rato más de sus vidas, pero Juan se molestó bastante y nunca logró entender el tono en que Horacio le afirmó que estaba vivo.


Apurado, Juan explicó que su perro tenía frío y que debía volver a casa. Horacio no entendió mucho la forma de responder que tuvo Juan, pero la respetó y le deseó volver a cruzarse muy pronto.


Juan reflexionó durante varios días acerca de ambas respuestas, tanto la de Horacio, su amigo del barrio, como la de él. Cinco días fueron lo que utilizó para intentar justificar ambas actitudes pero no encontró cómo hacerlo. 

Decidió entonces contarle a su hija Carla lo sucedido. Después de una extensa charla y muchos litros de agua para el mate, Carla le preguntó a Juan:

¿Qué es lo que te molestó tanto, Pa? - y luego agregó: - Horacio es un viejo amargado, no lo visitan sus hijos y tampoco sus nietos, le debe pesar más la envidia que el cuerpo, así que vos tranquilo, seguí disfrutando con Paco y no le des bola a Horacio. Tal vez, en un tiempo, seas vos el que le haga esa pregunta  y al no cruzarlo más te respondas solo.

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